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Marcos 1:14-20

Para el incrédulo, el escéptico, o incluso para el cristiano pensante, las primeras palabras de Marcos en este texto hacen que el resto de lo que dice a continuación parezca una tontería. Si Dios no pudo mantener a Juan el Bautista fuera de la cárcel, ¿por qué querría alguien seguir a quien Juan proclamó como el Mesías? El contraste es aún más llamativo cuando recordamos que los discípulos a los que Jesús llama en esta lectura habían sido primero los discípulos de Juan. Se podría pensar, entonces, que podrían hacer la conexión de que este Jesús podría compartir el destino de Juan, y aún peor, que ellos podrían compartirlo con él. Y así, parece bastante insensato, si no extraño, que alguien quiera seguir a Jesús de Nazaret.

También parece extraño, (¿no es así?) que Jesús elija a estos hombres para ser sus discípulos. Si Jesús es realmente el Hijo de Dios, como afirmó Juan, se podría pensar que, humanamente hablando, podría haber elegido mejores discípulos que estos. De hecho, se podría pensar que podría haber elegido mejores discípulos que a ti y a mí, o que a tantos hombres y mujeres que dicen seguir a Jesús hoy en día.

Pero esta es la naturaleza invertida de la Biblia. Mucho de lo que Dios dice en su palabra parece estar al revés para nuestra forma de pensar. Y por eso, mucho de lo que tú y yo experimentamos en nuestras vidas como seguidores de Jesús también parece estar al revés. ¿Por qué seguir a un hombre que dice ser el Hijo de Dios? ¿Por qué seguir a un hombre que ni siquiera pudo salvarse a sí mismo? ¿Por qué seguir a un hombre cuando seguirlo significa que puedes ser tan ridiculizado por tus compañeros como lo fue él? ¿Por qué seguirlo cuando seguirlo significa llevar una cruz dolorosa?

Sin embargo, lo sorprendente, y me atrevo a decir lo sobrenatural, es que le sigues. ¿No es eso sorprendente? ¿Ahora bien, por qué le sigues?

Porque el poder divino que está presente en su llamado cambia al creyente. Lo cambia por dentro y por fuera, de modo que, a la hora de la verdad, está dispuesto a dejarlo todo (¡todo!) para seguir a este predicador judío que lo invita con las siempre sencillas palabras: "¡Sígueme!"

Ahora bien, antes de adentrarnos demasiado en el mensaje de hoy, tenemos que afirmar la sencilla verdad de que seguir a alguien significa necesariamente dejar algo más. Marcos escribe: 16 Pasando por la orilla del mar de Galilea, Jesús vio a Simón y a su hermano Andrés que echaban la red al lago, pues eran pescadores. 17 «Vengan, síganme —les dijo Jesús—, y los haré pescadores de hombres». 18 Al momento dejaron las redes y lo siguieron.

Lo mismo ocurrió con Santiago y Juan. 19 Un poco más adelante vio a Jacobo y a su hermano Juan, hijos de Zebedeo, que estaban en su barca remendando las redes. 20 En seguida los llamó, y ellos, dejando a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros, se fueron con Jesús.

¿Qué debes tú dejar atrás? Cualquier cosa que te impida seguir a Cristo.

O sea, a menudo esto es muy difícil, porque ¿qué está enseñando Jesús aquí? Que el llamado al discipulado envuelve toda la vida, no sólo la parte del domingo por la mañana. Es un llamado al compromiso total y a tiempo completo. Es un llamado a seguirle con la voluntad de abandonarlo todo si la fidelidad lo requiere. Y esa es la clave: si la fidelidad lo requiere. No conozco tus situaciones individuales, pero ¿hay áreas en tu vida que te alejan de Cristo? Entonces necesitas dejarlas. ¿Hay personas en tu vida, incluso seres queridos, que en lugar de estimular tu relación con Cristo obstaculizan tu relación y hacen que sea extremadamente difícil seguirle? Es entonces cuando tenemos que preguntarnos: "¿Quién es mi todo en todo? ¿En quién o en qué estoy confiando para llenar el vacío de mi corazón? ¿Qué tiene el más valor en mi vida?".

Esa es la clave. Y ese es el gran reto. Un reto que requiere un cambio completo de corazón para superarlo. De ser yo el centro de mi universo a ser Dios el centro de mi universo, y todo lo demás orbitar alrededor de él. Y así, la pregunta: ¿Te ha cambiado a ti el llamado de Cristo?

Bueno, puede que digas: "No lo sé. No ha ocurrido nada dramático en mi vida". Está bien. Pero tampoco creo que haya sido tan dramático para la mayoría de la gente en la Biblia. O sea, para muchos de nosotros hemos seguidores de Jesús desde nuestro bautismo. ¿Has pensado alguna vez en cómo sería tu vida si nunca hubieras sido bautizado? ¿Has pensado alguna vez cómo sería tu vida si no hubieras crecido en un hogar creyente?

Porque decimos cosas como: "Bueno, ¿quién soy yo? Sólo soy fulano de tal". Pero, creo que ahí está el milagro. ¿Quién eres tú? Esa no es la pregunta importante. La pregunta que importa en la vida no es "¿quién eres?", la pregunta que importa en la vida es "¿de quién eres tú?”. Y una vez que concluimos que somos de Cristo, la próxima pregunta que importa es “¿Y quién es Cristo?", y todos entendemos eso. Entendemos lo que millones de personas en el mundo incrédulo no entienden: que la vida no se trata realmente de uno mismo; se trata de Jesús y de lo que él está haciendo contigo y a través de ti mientras te guía en tu viaje al cielo.

Piensa en el profeta Jonás. Aquí vemos de nuevo que Dios tiene la costumbre de llamar a los incapaces y a los indignos. La primera vez que Dios llamó a Jonás para que le siguiera a la ciudad de Nínive, Jonás dijo que “no", y huyó de él. Así que lo llama por segunda vez, y esta vez Jonás sí lo sigue. ¿Por qué lo hace Dios de esta manera? Lo hace para resaltar el poder del evangelio, y mostrar que la salvación sólo puede ser un don de Dios, nunca una obra del hombre o incluso una empresa de cooperación entre Dios y el hombre. Piénsalo. No puede haber un obrero más incapaz que Jonás. Ninguna ciudad merecía más la destrucción que Nínive. Pero Dios llamó a ambos al arrepentimiento y mostró el poder de su Palabra al darles su gracia y perdón.

Quiero que pienses en cómo te ha cambiado el llamado de Cristo al discipulado, porque si eres creyente, lo cierto es que su llamado te ha cambiado por dentro. En primero lugar, te arrepientes de tus pecados. Eso es un milagro en sí mismo. Crees que el cuerpo y la sangre de Jesús pagaron por tus pecados. Ese es otro milagro. Crees que, en la Santa Comunión, cuando Jesús dice: "Esto es mi cuerpo y esto es mi sangre", que realmente recibes su cuerpo y su sangre y con ello el perdón de todos los pecados. Pregúntate, ¿cuántas personas creen eso? ¿Y por qué lo crees tú?

Porque el llamado de Cristo te ha cambiado. Y la buena noticia, queridos, es que hasta el día de tu muerte nunca deja de cambiarte. Sus misericordias son nuevas cada mañana. Cada día que vives, el llamado de Cristo te invita: "Sígueme". Y luego te da la motivación y la capacidad de seguirlo realmente. Lenta pero seguramente, cambia tu propia voluntad para que se ajuste a su voluntad perfecta y superior, hasta ese día en que llegas al cielo y Cristo te lleva por fin a donde siempre ha querido que estés: ¡con él! Y Cristo te llama desde la puerta: "¡Ven! ¡Sígueme!" Y te dices a ti mismo: “No hay nadie a quien prefiera seguir". Amén.