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¡Confiesa con valor a tu Cristo!
(Mateo 10:24-33 / 5 de julio de 2020)

El domingo pasado estudiamos el relato de Mateo de Jesús enviando a sus discípulos al ministerio público. Él dijo: “La cosecha es abundante, pero son pocos los obreros. Pídanle, por tanto, al Señor de la cosecha, que envíe obreros a su campo” (9:37-38).

La respuesta a esa oración fueron los mismos Doce discípulos. Salieron, y sanaron a los enfermos, resucitaron a los muertos, expulsaron demonios y predicaron las Buenas Nuevas del reino de los cielos.

Entonces, lo que tenemos aquí en el capítulo 10 del Evangelio de Mateo es el discurso misionero de Jesús. Si acaso tienen una edición de carta roja de la biblia, notarán que Jesús está hablando a lo largo de todo el capítulo. Y este es un capítulo importante para entender porque Jesús nos dice directamente lo que sus discípulos pueden esperar en un mundo pecaminoso. Él dice: "Necesitan saber lo que significa ser mi discípulo en un mundo donde la mayoría de las personas, francamente, no son mis discípulos. Pues a medida que vayan al mundo y le cuenten a la gente sobre mí, descubrirán que no le gustarán a todo el mundo porque no le gusto."

Los versículos 24 y 25 declaran: “El discípulo no es superior a su maestro, ni el siervo superior a su amo. Basta con que el discípulo sea como su maestro, y el siervo como su amo. Si al jefe de la casa lo han llamado Beelzebú, ¡cuánto más a los de su familia!” En otras palabras, si a Jesús lo llamaron un “diablo” (ese es el significado de Beelzebú), no se sorprendan cuando también los llamen a ustedes, sus seguidores, toda clase de nombres feos.

Ahora bien, todos pueden identificarse con esto. Ustedes saben que hay una cantidad de desaprobación que viene al dejar las tradiciones del pasado. Por ejemplo, es frecuente que los hispanos me cuenten cómo sus familias en México u otros países están en desacuerdo con su membresía en esta iglesia. Otros comentan sobre la presión de los compañeros y las burlas que reciben de amigos y familiares porque toman su fe en serio. Jesús dice: “No se sorprendan si estas cosas suceden. Estas cosas van a suceder. Sin embargo, lo que deben recordar es que ¡suceden por su relación conmigo!”

“Así que no les tengan miedo;” (v. 26). “Lo que les digo en la oscuridad, díganlo ustedes a plena luz; lo que se les susurra al oído, proclámenlo desde las azoteas” (v. 27). Jesús no dice que literalmente debemos trepar al techo y comenzar a predicar, sino que no debemos tener miedo, o peor aún, estar avergonzados de lo que creemos y por tanto dejar que nadie más sepa lo que creemos.

Cuando uno está avergonzado de algo lo esconde. Es por eso que tanto pecado sucede durante la noche y a puerta cerrada. No queremos que nadie se entere. ¿Podría ser entonces, aun si fuera inconscientemente, que tratamos así la Palabra de Dios?

Es una cosa no confesar tu fe públicamente en una iglesia porque todavía no estás convencido de las enseñanzas de esa iglesia. Por eso, aunque uno asiste a la misa dominical, no desea hacerse miembro todavía porque queda con dudas. Esa es una cosa. Pero es otra cosa estar en limbo porque temes lo que otros digan y piensen si tú te vinculas formalmente con otros cristianos. Ustedes saben, la actitud que dice: “Me considero un cristiano. Nada más no quiero que otros sepan que soy cristiano, por lo menos no un cristiano serio. Después de todo, mi familia se molestará conmigo, o es posible que mis vecinos digan chismes.”

Bueno, a eso Jesús dice: “A cualquiera que me reconozca delante de los demás, yo también lo reconoceré delante de mi Padre que está en el cielo. Pero a cualquiera que me desconozca delante de los demás, yo también lo desconoceré delante de mi Padre que está en el cielo.” (v. 32,33).

Entonces, hay hombres y mujeres que debido a las críticas humanas esconden a Jesús como si fuera el hermano de la familia que da pena. “Oh no, no quieres conocer a… pues, sí, es mi hermano, pero … es que … da pena.”

¿Qué entonces? Jesús dice: “Aquellos que me nieguen en esta vida, los negaré ante mi Padre en la próxima.” Digo, si uno niega a su Salvador, ¿qué confianza tendrá para pararse ante él en el Día de Juicio? Es por eso que Jesús dice en el versículo 28: “No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman más bien al que puede destruir alma y cuerpo en el infierno.”

O sea, hay una seriedad que debe acompañar nuestra vida cristiana. El teniente no envía a los soldados a la guerra sólo para que se vayan y se escondan. Es para llevar a cabo la tarea que les fue encargada. Jesús dice, “Esto es lo que quiero que mis discípulos hagan: Quiero que me reconozcan ante otros para que ellos en torno también lleguen a reconocerme.” ¡Esta es la misión de la Iglesia! Y requiere un cierto nivel del valor que está listo para alzar la voz siempre que la oportunidad se presente. ¿De dónde vendrá el valor? Porque no es fácil nadar contra la corriente. Eso lo reconozco. A nadie le gusta ser diferente. Aunque les diré una cosa: es mucho más fácil alzar la voz por Cristo cuando uno tiene sus convicciones, cuando uno está seguro de quién es. Y eso, como ven, tiene que ver con la familia de uno.

Regresen al versículo 25. Ahí Jesús hace el comentario que todos los que son sus discípulos también son considerados miembros de su casa. De hecho, lo que realmente dice es que en vez de estar intranquilo sobre el hecho de que alguien te diga críticas por tu fe, ¡anímate! ¡Porque eso sólo demuestra que eres un miembro legítimo de la familia de Dios! ¿No es así como funciona dentro de la familia? ¡Lo que sucede a un miembro de la familia sucede a toda la familia!

Y por supuesto que hay una tremenda cantidad de consuelo en reconocer que eres parte de la familia de Dios. Pues dentro de una familia hay un sentido de seguridad. ¿Por qué? Porque hay un sentido de pertenencia. El uno está conectado al otro por el vínculo más fuerte: la sangre.

Así que existe un conocimiento íntimo el uno del otro. Hay cosas que ustedes saben sobre sus hijos que nadie más sabe, y que nadie más debe saber. Y Jesús dice: “Así es de lo íntimo que mi Padre te conoce. ¡Te conoce tanto que hasta sabe cuántos pelos tienes en tu cabeza!” Los padres no conocen a otros niños que no son sus hijos hasta tal punto.

No conozco muy bien a sus hijos, pero sí sé dónde mis cuatro hijas tienen lunares. Sé que Anna tiene una cicatriz liviana en la parte superior de su pie izquierdo. Sé cosas de mis hijas que ustedes nunca sabrán, y todos diríamos: “¡Así es precisamente cómo debe ser!” O sea, hay un nivel de intimidad que sólo puede encontrarse dentro de la unidad familiar. Y lo que Jesús nos dice es que nosotros que creemos hemos sido recibidos a este tipo de relación con Dios Todopoderoso. ¿Cómo? ¡Jesús derramó su sangre por nosotros! ¿Qué quiere decir eso? Que nos ha conectado al Padre por el vínculo más fuerte: la sangre. Somos perdonados. Somos parte de su círculo interior. ¡Díganselo a sí mismos! ¡Soy el hijo de Dios! ¡Soy la hija de Dios! Tan cercano; tan seguro; tan a salvo.

“¿No se venden dos gorriones por una monedita?” (v. 29). Ustedes dicen: “¿Qué tienen que ver los gorriones con todo esto?” Jesús contesta: “Sin embargo, ni uno de ellos caerá a tierra sin que lo permita el Padre;” Y luego añade: “ustedes valen más que muchos gorriones.” ¿Por qué? ¿Porque son seres humanos y no animales. Fueron creados a la imagen de Dios. Porque Dios los ama con el afecto que un padre tiene por su hija, y si saben algo de la forma en que un padre protege a su hija, saben que nada escapa a su ojo vigilante.

Ahora, déjenme terminar.

¿Pueden imaginarse el llegar al cielo y ser llevado a la sala del trono del Padre, el Rey, sentado en el trono, y mientras entras el hijo del Rey, Jesús, te presenta al Padre y le dice?: “Él es ___________; es mi hermano. Ella es ______________; ¡Ella es mi hermana! Jesús dice: “A cualquiera que me reconozca delante de los demás, yo también lo reconoceré delante de mi Padre que está en el cielo.”

Así que allá arriba estás tú, y los ángeles te dan entrada a la presencia del Padre, y ahí está con todo su poder y con todo su esplendor, y con una sonrisa en su cara y una luz trémula en su ojo. El Padre dice, “¡Oh, ahí estás! Es bueno por fin hablar contigo en persona. Pues te conocí aun antes de que nacieras. Te vi salir del vientre de tu madre. Estaba contigo durante todos los años largos. Ni una vez me quité el ojo de ti. ¡Y estoy orgulloso de ti! ¡Llegaste! Bien hecho, hijo. Bien hecho, hija. Aquí es tu familia. ¡Bienvenido a casa!”

Queridos: ¿en verdad debemos temer lo que las personas digan o nos hagan en esta tierra? No cuando entendemos quienes somos. Somos los discípulos de Cristo. Somos los hijos propios de Dios. Somos cristianos. Y como cristianos, ¡confesemos con valor a nuestro Cristo! Amén.