Back to series

Lucas 2:25-35

Queridos amigos en Cristo,

Normalmente, cuando pensamos en lo que significa tener una muerte pacífica, pensamos en una persona mayor acostada en su cama diciendo: "Señor, estoy listo para ir a casa". Hoy quiero compartir con ustedes un tipo de historia diferente. Es una historia real que escuché de otro pastor. Es la historia de una niña de cuatro años que estaba enferma, y los médicos no sabían por qué. Durante los últimos tres días había tenido una fiebre de 103. Sus mejillas estaban hinchadas; sus ojos también. Su cuerpo se veía tan pequeño que apenas hizo una abolladura en la cama hospitalaria en la que estaba acostada. Y junto con su madre, esta niña comenzó a recitar el Padre Nuestro. Y mientras oraban, grandes lágrimas empezaron a brotar en los ojos de su madre y a rodar por sus mejillas. Y la niña dijo, "Mami, ¿por qué estás llorando? Porque cuando muera, estaré en el cielo con Jesús".

¿Quién hubiera pensado que tendríamos a un Simeón de cuatro años? "Señor, ahora deja que tu siervo se vaya en paz." Cuando alguien confiesa su fe de esa manera, es algo que no se olvida fácilmente, pero especialmente un niño. ¡Cuatro años, pero ella lo sabía! Sabía lo que Simeón también sabía en nuestro texto para hoy: la salvación viene de Jesús.

Ahora bien, debe haber sido todo un regalo de Navidad para Simeón cuando se enteró de que iba a ver al Mesías antes de morir. La Biblia nos dice que incluso antes de recibir tales noticias Simeón era uno de los pocos judíos que “aguardaba la esperanza de la redención de Israel". Y así, cuando el Espíritu Santo le informó que no moriría antes de ver al Cristo del Señor, debe haber sido una maravillosa sorpresa.

Desafortunadamente, no sabemos mucho más sobre este hombre cuyo cántico cantamos cada vez que recibimos la Santa Comunión. Sólo que la Biblia lo describe como un hombre "justo" y "devoto", y que el Espíritu Santo estaba sobre él.

Pero Simeón no fue el único guiado por el Espíritu Santo ese día. Lucas nos dice que la joven madre María y su esposo José también seguían la voluntad del Espíritu. Tal vez ustedes recuerden que según la Ley de Moisés todo hijo primogénito debía ser consagrado al Señor. Es una palabra que no usamos mucho hoy en día, pero una palabra que significa "apartado para" o "algo que pertenece al Señor". Y así, en obediencia a Dios, María y José tomaron a su niño Jesús y lo presentaron a Dios en el templo. Fueron allí para redimirlo, para comprarlo de nuevo, presentando una ofrenda en su lugar. Y así fue como se encontraron con Simeón en el templo ese día.

No era una coincidencia, sino más bien todo era según el plan de Dios. Porque mientras estaban allí ocurrió lo inesperado. Simeón, movido por el Espíritu Santo, se acerca a ellos, y tomando al niño Jesús en sus brazos, estalla en una canción de alabanza que proclama la llegada de su Señor y Salvador:

29«Según tu palabra, Soberano Señor,
ya puedes despedir a tu siervo en paz.
30 Porque han visto mis ojos tu salvación,
31 que has preparado a la vista de todos los pueblos:
32 luz que ilumina a las naciones
y gloria de tu pueblo Israel».

En otras palabras, "Aquí está. Aquí está el que el mundo ha estado esperando."

Ahora bien, es importante que entendamos lo que Simeón está haciendo bajo la influencia del Espíritu Santo. Con estas palabras señala al niño Jesús como el cumplimiento de todas las promesas que Dios hizo a su pueblo en el Antiguo Testamento. Cada una de las profecías que se habían hecho sobre el Mesías encontró su marca perfectamente en la persona de Jesús. Es como si cientos de flechas dieran en el blanco en el mismo lugar. "Busquen las Escrituras", dijo Jesús una vez. Y luego añadió esto: "Son ellas las que dan testimonio en mi favor" (Juan 5:38-40). "Así que, si quieres encontrar tu salvación", dice Simeón, "si estás buscando el camino al cielo, no necesitas buscar más allá del niño Jesús". En él la salvación ha llegado. De hecho, Simeón incluso le llama salvación. Dice: "Han visto mis ojos tu salvación" (v. 30).

Quiero decirles que por todas las veces que hemos cantado esta canción sin pensar en la letra, está llena de consuelo y significado. Porque, aunque no nos guste pensar en la muerte, todos tendremos que prepararnos para ella algún día. Oh... podemos tratar de ignorarla involucrándonos en los placeres y relaciones de este mundo. Podemos decir, "Está muy lejos. No necesito pensar en eso ahora. Después de todo, Simeón era un anciano. No me extraña que pensara en morir". De nuevo, podemos decir eso... hasta que llegue una pandemia mundial, o tengamos un bebé muerto en nuestras manos, o un repentino accidente de coche mate a toda una familia. Y es como si de repente nos despertáramos y dijéramos, "Se supone que las cosas no deberían ser así".

Y es verdad. Dios no nos creó para morir. Nos creó para vivir. Y así, cada vez que un ser querido muere, o que el miedo nos abruma, es un recordatorio solemne de que hay un problema en este mundo, y ese problema se llama “pecado”. Mi pecado. Romanos 6:23 lo dice muy claramente: "La paga del pecado es muerte". ¿No lo crees? Ve a mirarte en un espejo. Esa cana que insiste en reaparecer... esas arrugas que se niegan a desaparecer... son señales de que nuestro cuerpo está muriendo. Y está muriendo por nuestros pecados.

Lo cual no es un pensamiento muy cómodo. Admito que no es algo que nos guste sentarnos en la mesa de Navidad y discutir. Tampoco lo recomiendo. Pero, aun así, diré que hay momentos y lugares en los que deberíamos discutirlo. Y deberíamos pensarlo. Y deberíamos hablar de ello con nuestros hijos para que entiendan la realidad.

Pero cuando lo hagamos queremos decirles que por muy grande que sea la realidad de la muerte, hay otra realidad en la Biblia. Y que esta realidad es igual de real. Es igual de cierta. Pero incluso más que eso, es mucho más grande que la muerte, mucho más poderosa que la muerte. ¿Saben cómo se llama? ¡Se llama Jesús!

Refiriéndose a esta realidad Simeón exclama: "Porque han visto mis ojos tu salvación" (v. 30). "¡Señor, tu salvación, la estoy viendo ahora mismo! ¡La tengo en mis brazos! ¿Quién hubiera pensado que la Vida misma tomaría carne humana y que aunque fuera un bebé, Jesús era sin embargo el cuidador, el proveedor de los ancianos?

Como ven, hay mucho consuelo en esa verdad. No sólo para los ancianos, sino para todas las personas. En la persona de Jesús se encuentra la respuesta a toda la preocupación, el llanto, y el dolor que viene con la agonía de morir en este mundo. Y así, si bien es cierto que "la paga del pecado es muerte, la dadiva de Dios", escribe San Pablo, "es vida eterna en Cristo Jesús, nuestro Señor" (Romanos 6:23).

Eso es lo que Simeón está diciendo con estas palabras. Está diciendo que nuestra salvación es 100% segura. Y es el lenguaje de la certeza (¿no es así?) que Simeón usa para describir la salvación que tenemos en el niño Jesús. Leemos:

29 «Según tu palabra, Soberano Señor,
ya puedes despedir a tu siervo en paz.
30 Porque han visto mis ojos tu salvación,
31 que has preparado a la vista de todos los pueblos:»

"¡Señor, estoy listo para morir, porque sé que el cielo es mío!" Háganse cuenta de que no hay mucha gente que pueda decir eso. Quieren decirlo. Están buscando esa clase de paz. Pero, muchos la buscan en tantos lugares equivocados.
Pero escuchen estos versículos de 1 Juan: 11 Y el testimonio es este: que Dios nos ha dado vida eterna, y esa vida está en su Hijo. 12 El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios, no tiene la vida. 13 Les escribo estas cosas a ustedes que creen en el nombre del Hijo de Dios, para que sepan que tienen vida eterna.

Saber eso hace una gran diferencia en nuestras vidas. La diferencia es que cuando nos enfrentamos a la pregunta: "Si murieras esta noche, ¿sabes a dónde irías?, puedes decir: "Sí". Puedes decir: "Sí, sé adónde iría si muriera esta noche. Porque cuando muera, ¡estaré en el cielo con Jesús!" ¡Eso es asombroso!

Es algo que me llena de asombro cada vez que pienso en ello. ¿Sabían ustedes que, en la mente de Dios, ya hemos resucitado de la tumba con Cristo? Es verdad. En la mente de Dios, ya hemos ascendido con Cristo. Es así de cierto. En la mente de Dios, estamos en Cristo, tan hermosos, tan perfectos, tan limpios, tan completamente cubiertos de la santidad de Cristo que Dios apenas puede esperar para darnos toda la gloria que nos espera como sus queridos hijos. Las Escrituras expresan este pensamiento en otra parte cuando dicen que ahora somos hijos de Dios, pero todavía no se ha manifestado lo que habremos de ser. Sabemos, sin embargo, que cuando Cristo venga seremos semejantes a él, porque lo veremos tal como él es. (1 Juan 3:2).

Ahora bien, no sé a ustedes, pero cuando oigo palabras así quiero volver y oírlas una y otra vez. No me importa que celebremos la Navidad año tras año. Uno no se cansa de escuchar ese mensaje. Pregúntate a ti mismo: ¿Hay alguna razón para temerle a la muerte? ¿Alguna razón en absoluto? No. En Jesús la salvación ha llegado, y en Jesús nuestra salvación es segura. Así que podemos decir con confianza: "Cuando muera, ¡estaré en el cielo con Jesús!" Amén.