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Ezequiel 37:1-14

Esencialmente, la Biblia es un libro de historias que dicen todas lo mismo. No es que las historias sean todas iguales. Varían tanto como los personajes que las componen, pero en conjunto, la Biblia es un libro sobre la redención. Es un libro sobre la salvación: de la muerte a la vida, de la tumba a la gloria, del veredicto de culpable a la declaración más bendita de todas, la de no culpable.

Tomemos, por ejemplo, lo que la Biblia dice sobre el pecado. Dice “pues, todos han pecado y están privados de la gloria de Dios” (Romanos 3:23). Dice: “Son las iniquidades de ustedes las que los separan de su Dios.” (Isaías 59:2). Pero luego dice que “… en Cristo, Dios estaba reconciliando al mundo consigo mismo, no tomándole en cuenta sus pecados…” (2 Corintios 5:19). Reconciliar significa reunir. Y así, mientras que el pecado separa, el perdón siempre une. Y mientras que la paga del pecado es muerte, … la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, nuestro Señor. (Romanos 6:23).

Ley y Evangelio. Esas son las dos enseñanzas de la Escritura que se encuentran en todos los relatos. Y eso es lo que tenemos aquí en el capítulo 37 de Ezequiel.

La Ley se encuentra en que los judíos están separados de Dios a causa de sus pecados. ¿Cómo es eso? Estaban viviendo como cautivos en Babilonia. Entonces, no estaban separados solo en un sentido teorético. Estaban literalmente separados de Dios. Dios habitaba en su templo en Jerusalén. Y estos judíos de Ezequiel 37 vivían a mil millas al este en Babilonia.

El problema de su situación actual era que el perdón de Dios estaba ligado al templo de Jerusalén. Ese era el único lugar donde se podía hacer un sacrificio para pagar por el pecado. Y como el pueblo estaba cautivo en Babilonia no podían sacrificar. Lo que significa que todavía estaban sin el perdón de Dios. Lo que significa que la paga de su pecado iba a ser su propia muerte.

Y los judíos lo sabían. Habían perdido la esperanza de volver a Israel. Se consideraban completamente aislados de la bondad del Señor. Sus esperanzas de un futuro Mesías y de un reino glorioso estaban como muertas.

De ahí la visión.

La razón por la que Dios proporciona esta visión es doble. Es Ley y Evangelio. Por un lado, describe el estado actual de Israel. Están muertos. Versículo 11: “Luego me dijo: «Hijo de hombre, estos huesos son el pueblo de Israel. Ellos andan diciendo: “Nuestros huesos se han secado. Ya no tenemos esperanza. ¡Estamos perdidos!”

Por otra parte, Dios proporciona esta visión como un medio para animar al pueblo. Versículo 12: “Por eso, profetiza y adviérteles que así dice el Señor omnipotente: “Pueblo mío, abriré tus tumbas y te sacaré de ellas, y te haré regresar a la tierra de Israel.”

En otras palabras, Dios está diciendo a Israel: “Sin mí no hay más que muerte. Pero incluso en la muerte todavía hay esperanza conmigo. Yo soy el Dios que hace vivir a los muertos. Soy el Dios que da vida a los huesos secos. ¡Vuélvanse a mí y sálvense!”

Ahora bien, esta es una de las historias más sorprendentes de toda la Escritura. ¿Puede la situación de Israel ser más dramática? ¿Puede la realidad de la situación de Israel ser más clara?

Israel está muerto, y está muerto a causa de su pecado. No está más o menos muerto. Está completamente muerto, ya que Ezequiel no ve cadáveres en el valle; ve huesos secos esparcidos por el valle.

Dios le dice a Ezequiel: “Hijo de hombre, ¿podrán revivir estos huesos?” (v. 3). A lo que responde Ezequiel: “SEÑOR Omnipotente, tú lo sabes” (v. 3).

En otras palabras, si cualquier otra persona le hubiera hecho esa pregunta, la respuesta habría sido un obvio “no”. Pero la pregunta se la hacía Dios. Y mientras que dar vida a los muertos es imposible para el hombre, nada es imposible para Dios.

Así que Dios lo muestra. Le dice a Ezequiel: Profetiza sobre estos huesos, y diles: “¡Huesos secos, escuchen la palabra del Señor! 5 Así dice el Señor omnipotente a estos huesos: ‘Yo les daré aliento de vida, y ustedes volverán a vivir.

Luego los versículos 7 y 8. Tal y como el Señor me lo había mandado, profeticé. Y mientras profetizaba, se escuchó un ruido que sacudió la tierra, y los huesos comenzaron a unirse entre sí. 8 Yo me fijé, y vi que en ellos aparecían tendones, y les salía carne y se recubrían de piel, ¡pero no tenían vida!

Esta es una declaración importante. Es muy similar a la forma en que Dios dio vida a Adán. Primero, él formó un cuerpo del polvo de la tierra. Pero, aunque había un cuerpo, no había vida en él.

¿Cómo llegó la vida al cuerpo de Adán? Dios sopló vida dentro de Adán. Es muy importante entender esto. La palabra hebrea para “aliento” y para “Espíritu” son la misma palabra. Así que, Dios sopló. Puso el Espíritu Santo en Adán. Y Adán se convirtió en un ser vivo.

Volvamos a Ezequiel 37 y al versículo 9: “Entonces el Señor me dijo: «Profetiza, hijo de hombre; conjura al aliento de vida y dile: “Esto ordena el Señor omnipotente: ‘Ven de los cuatro vientos, y dales vida a estos huesos muertos para que revivan’ ”. 10 Yo profeticé, tal como el Señor me lo había ordenado, y el aliento de vida entró en ellos; entonces los huesos revivieron y se pusieron de pie. ¡Era un ejército numeroso! (vv. 9,10).

Ahora bien, mi pregunta para ustedes es, si ¿entendemos esta verdad de la Escritura? Que no hay verdadera vida en nosotros sin el Espíritu Santo. ¿Por qué no? Porque sólo somos tierra. Eso es lo que el nombre Adán o “hombre” significa. Significa “tierra”.

Observen cómo Dios se refiere repetidamente a Ezequiel como Hijo de hombre en estos versículos. ¿Por qué lo hace? Porque está enfatizando la gran diferencia entre Dios e Israel. Israel era sólo humano. Era sólo hombre; era “tierra”. Ahora bien, Ezequiel entiende esto. Estaba bastante claro para él que la diferencia entre él y Dios estaba tan lejos como el cielo de la tierra.

Pero los israelitas, esto es lo que nunca entendieron. A lo largo de su historia siempre habían tratado de bajar a Dios del cielo y hacerlo uno de ellos. ¿Por qué? Para poder estar por encima de él. Eso es lo que hacían con todos sus ídolos. El humano sabe que el ídolo no es nada. El humano controla al ídolo.

Bueno, ¡qué horror que los israelitas pensaran que estaban por encima de Dios! Entonces, Dios tiene que limpiarlos de este pensamiento. Tiene que recordarles: “No son nada sin mí. Están muertos sin mí. No hay vida en ustedes sin mí”. Así que destruye su nación a través de los babilonios y envía un remanente al cautiverio.

Ahora ellos entendieron. Ahora tenían corazones arrepentidos. Ahora estaban dispuestos a postrarse en el suelo ante Dios dándose cuenta, “Este es mi lugar ante Dios”. Y es ahora cuando Dios actúa para salvar.

Él habla.

Esta es nuestra conexión con Pentecostés. Pentecostés celebra la entrega del Espíritu Santo. Fíjense en cómo viene el Espíritu Santo en el día de Pentecostés. Hay viento. Hay fuego. Y hay poder divino en el discurso de los Apóstoles.

Además, fijémonos en que su discurso no se tradujo sólo en comprensión, sino en la conversión de la multitud a Cristo. La gente se sintió conmovida y le preguntó a Pedro: “¿Qué debemos hacer?”. Pedro respondió: ” —Arrepiéntase y bautícese cada uno de ustedes en el nombre de Jesucristo para perdón de sus pecados … y recibirán el don del Espíritu Santo.” (Hechos 2:38).

¡Ahí está de nuevo! ¡Las palabras de Dios realmente dan lo que prometen! Ezequiel habla la palabra de Dios a los huesos secos. Los huesos secos cobran vida. El predicador habla la palabra de Dios al pueblo, y el Espíritu Santo da vida eterna al pecador.

Ahora bien, déjenme terminar.

El Espíritu de Dios y su Palabra son inseparables. No se puede tener el Espíritu de Dios aparte de su Palabra. El Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo. ¿Cómo? A través de su Palabra. ¿Dónde está su Palabra? En la Biblia. O sea, ¿ven cómo volvemos a los mismos temas domingo tras domingo?

Entonces, ¿qué estamos diciendo?

Separada de Dios, la humanidad está muerta. Efesios 2:1 y 2 dice: En otro tiempo ustedes estaban muertos en sus transgresiones y pecados, 2 en los cuales andaban conforme a los poderes de este mundo.

¿Verdad? Cada uno de nosotros nació sin el Espíritu. Nacimos muertos espiritualmente. ¡Pero la historia continúa! 4 Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor por nosotros, 5 nos dio vida con Cristo, aun cuando estábamos muertos en pecados. ¡Por gracia ustedes han sido salvados!

¿Ya lo ven? Dios nos hace vivir. ¿Cómo? A través del aliento del Espíritu Santo. Por eso Jesús le dijo a Nicodemo: —De veras te aseguro que quien no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios (Juan 3:3). Nicodemo no entiende nada de eso, así que pregunta: “¿Cómo puede uno nacer de nuevo siendo ya viejo?”. Y Jesús le responde, 5 —Yo te aseguro que quien no nazca de agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios … 6 Lo que nace del cuerpo es cuerpo; lo que nace del Espíritu es espíritu.

11 Luego me dijo: «Hijo de hombre, estos huesos son el pueblo de Israel. Ellos andan diciendo: “Nuestros huesos se han secado. Ya no tenemos esperanza. ¡Estamos perdidos!” 12 Por eso, profetiza y adviérteles que así dice el Señor omnipotente: “Pueblo mío, abriré tus tumbas y te sacaré de ellas, y te haré regresar a la tierra de Israel. 13 Y, cuando haya abierto tus tumbas y te haya sacado de allí, entonces, pueblo mío, sabrás que yo soy el Señor. 14 Pondré en ti mi aliento de vida, y volverás a vivir. Y te estableceré en tu propia tierra. Entonces sabrás que yo, el Señor, lo he dicho, y lo cumpliré. Lo afirma el Señor”»

Amén.