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Marcos 1:21-28

Según el Evangelio de Juan, después de realizar su primer milagro en Caná de Galilea, Jesús, junto con su madre y sus hermanos, se trasladó a Capernaúm. Es bueno que de vez en cuando miremos los mapas del antiguo Israel. Cuando lo hacemos, sabemos que Galilea era la provincia más al norte de Israel, y que Capernaúm estaba situada en la orilla norte del mar de Galilea. Capernaúm era también el hogar de Simón Pedro, y de los dos hermanos Jacobo y Juan. Por ello, ocupa un lugar destacado en los Evangelios.

El escenario del texto de hoy de Marcos es la sinagoga local. Los fieles judíos se reunían el sábado para enseñar y aprender la Palabra de Dios. Como era costumbre, los maestros visitantes solían hablar por invitación de los líderes de la sinagoga. Y así es como Jesús pudo enseñar, aunque no era el "pastor" o el líder de la congregación. En otras palabras, no habría sorprendido a la congregación tener un rabino de visita.

Lo que sí sorprendió fue la forma en que enseñó. Marcos escribe: "La gente se asombraba de su enseñanza, porque la impartía como quien tiene autoridad y no como los maestros de la ley" (v. 22). Si eso significa que los escribas eran simplemente aburridos en su enseñanza, o si significa que el contenido de su enseñanza estaba lleno de minucias levíticas y opiniones humanas (probablemente ambas cosas), cuando Jesús empezó a hablar, la gente notó inmediatamente una diferencia de autoridad. Marcos los describe como "asombrados". El comentarista Lenski traduce: "y se quedaron mudos ante su enseñanza". Todos los ojos y los oídos estaban fijos en él. La gente estaba absorta, pues, las palabras que Jesús decía tenían peso. Es como si Dios, en persona, estuviera hablando, lo cual, por supuesto, era así. La gente estaba embelesada y convencida en sus corazones de que lo que decía era verdad.

Ahora bien, seguramente, tú también has experimentado esto en la adoración. Has notado que lo que el predicador está diciendo tiene un peso divino. Que no es sólo una opinión, sino que hay una autoridad superior detrás de lo que dice, de modo que de repente el resto de la vida parece trivial en comparación. Porque te das cuenta de que ahora mismo, en este lugar y contexto, Dios está hablando, y lo que dice es absolutamente cierto. Sí, lo que los expertos dicen en la televisión o en YouTube es a menudo intrigante, pero la verdadera predicación del Evangelio está en una categoría completamente diferente. Aquí hay poder. Hay autoridad detrás de este mensaje. Dios mismo habla a través de la boca del predicador.

Ahora bien, quiero decir que eso es siempre cierto cuando la Palabra de Dios se habla. No importa si es una madre explicando una historia bíblica a sus hijos, un amigo consolando a otro amigo con el amor de Jesús, o el pastor predicando desde el púlpito. El hombre no hace el mensaje. El mensaje lleva consigo un peso divino. Lo cual significa que no entra por un oído y sale por el otro. Se queda con la persona, y con el tiempo obliga a uno a tratar con él. A meditar sobre ello. A PENSAR en ello para aceptarlo o rechazarlo.

Así que no digas nunca: "No sirve de nada hablar de la Palabra de Dios". Sí, sirve. Así que usémosla. Animémonos unos a otros con ella. Amonestemos con ella a los reincidentes. Recordemos los unos a los otros con ella. No queremos estar sermoneando constantemente, pero necesitamos hablar la Palabra cuando la situación se presente, y dejar que la persona luche con lo que Dios dice. Pues, él es la autoridad. No tú.

Pues, tengo que seguir adelante.

Así que la gente se asombró de la enseñanza de Jesús. También se asombraron de lo que sucedió después. Marcos escribe: "De repente, en la sinagoga, un hombre que estaba poseído por un espíritu maligno gritó: "¿Por qué te entrometes, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Yo sé quién eres: ¡el Santo de Dios!" (v. 23).

La posesión demoníaca es algo real. El pensamiento más insensato que uno puede tener es que el demonio no es real. ¡Eso es exactamente lo que el diablo quiere! La razón por la que la sociedad occidental ha llegado a donde está en términos de su énfasis excesivo en la ciencia, es porque ha rechazado completamente lo sobrenatural. El norteamericano medio no cree en la existencia del diablo. El cristiano medio no se toma el diablo en serio. Porque somos muy seculares debido a los "millones de años", pero ese es otro tema para otro día.

Entonces, el diablo es real. Y está muy involucrado en tu vida, ¡mucho más de lo que crees! La razón por la que este texto es tan maravilloso para nuestra mentalidad secular es porque muestra al diablo tal y como es. Es tu adversario. Su único deseo es herir y destruir. Tu enemigo no es el incrédulo o los inmorales de la sociedad. No es el otro partido político. Es el diablo y sus ideas que controlan gran parte de este mundo. Porque hazte cuenta de que el hombre que está poseído por el demonio no es el enemigo. Es el demonio quien lo controla. Lo mismo ocurre con nosotros. Pablo nos recuerda que nuestra lucha no es contra seres humanos, sino contra poderes, contra autoridades, contra potestades que dominan este mundo de tinieblas, contra fuerzas espirituales malignas en las regiones celestiales (Efesios 6:12). Está hablando del diablo y sus demonios.

Ahora bien, la gente se ríe de eso, pero no es cosa de risa. Si decides abrir los ojos a la realidad del verdadero mal en este mundo, te verás obligado a admitir que el diablo es real, el mal es real, y es más feo y más aterrador de lo que la mayoría quiere admitir. Es por eso que Pablo sigue a Efesios 6:12 con el v. 13, "Por lo tanto, pónganse toda la armadura de Dios, para cuando llegue el día malo, puedan resistir hasta el fin con firmeza". Y ahí es donde quiero mover nuestra atención ahora.

Quiero que alejemos nuestra atención del diablo y la dirijamos a Jesús. Eso es lo que hace aquí el Evangelio de Marcos. Muestra claramente que Jesús tiene poder sobre el diablo. Fíjense, la congregación en la sinagoga no tiene poder sobre el diablo. Ellos no pueden expulsarlo. El hombre mismo no tiene poder sobre el diablo. Entonces, ¿por qué pensarías que puedes manejar al diablo por ti mismo? ¿Por qué pensarías que el diablo no se va a meter contigo? ¿Por qué te permitirías alejarte de Jesús y sus palabras, cuando está claro que sólo Jesús y su Palabra tienen la autoridad para expulsar al diablo de nuestras vidas? O sea, ¿Ves lo ignorantes que somos ante las realidades que nos atacan cada día?

Oh, pero el diablo no es ignorante. Él sabe quién es Jesús. "¿Has venido a destruirnos? Yo sé quién eres: ¡el Santo de Dios!" (v. 24). Observe que incluso el diablo debe confesar a Jesús por lo que realmente es. "Toda rodilla se doblará" ante Él. Este espíritu inmundo entiende esto. "¿Has venido a destruirnos?", pregunta. Bueno, francamente "Sí". Jesús ha venido a destruir la obra del diablo (1 Juan 3:8). Y lo hermoso de los Evangelios es que nos muestran esto. Los Evangelios no sólo lo enseñan; lo muestran. Porque muestran a Jesús como una persona real y al diablo como un enemigo real. Pero que Jesús tiene poder sobre el diablo, así que lo expulsa del hombre.

"¡Cállate!" lo reprendió Jesús. “Sal de ese hombre". Entonces, el espíritu maligno sacudió al hombre violentamente y salió de él dando un alarido". Una vez más, el diablo sólo busca herir y dañar. Incluso al salir del hombre lo sacude "violentamente" y trata de destruirlo. Entonces, ¿por qué pensar que él no trata de hacer lo mismo que tú?

El trata de destruir tu matrimonio. Trata de destruir la fe de tus hijos. Trata de destruir la predicación bíblica y la libertad de culto en este mundo. ¿Cuál es la respuesta del cristiano a esto? ¿Crear un nuevo partido político? No. ¿Votar a la persona adecuada para salvarnos del diablo? No. Lea Efesios 6. El arma que la iglesia cristiana utiliza en este mundo es la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios.

Esa es la única arma capaz de ir a la ofensiva contra el diablo. Así que, no nos confundamos nunca en esto como congregación cristiana. Porque está muy claro en estos versículos de Marcos que las palabras de Jesús son las que expulsan al demonio. Él dice: "¡Cállate!", y dice "¡Sal de ese hombre!" ¡Y el demonio debe obedecer! Pero luego fíjate en la reacción de la gente ante esto. Versículo 27, "Todos se quedaron tan asustados que se preguntaban unos a otros: "¿Qué es esto? ¡Una nueva enseñanza, pues lo hace con autoridad! Les da órdenes incluso a los espíritus malignos y le obedecen".

Amados, él hace lo mismo hoy. Dios no opera de manera diferente. No es diferente para ti en el año 2021 de lo que era para los hombres y mujeres del Nuevo Testamento. Lo sobrenatural sigue siendo real. Los milagros de Jesús siguen ocurriendo. El poder de Jesús sigue estando en su Palabra.

Por lo tanto, necesitamos usar esa Palabra en nuestra lucha contra Satanás, ya sea nuestra lucha contra los ataques personales de Satanás, contra sus ataques en nuestros seres queridos, o sus ataques en la sociedad. Usemos la Palabra. La ofensa más poderosa que el cristiano puede hacer es venir a la iglesia, venir al estudio de la Biblia, participar de la Santa Comunión. ¿Te ríes por dentro? Bueno, si es así entonces todavía no lo entiendes.

O sea, Jesús es quien pelea nuestras batallas. Jesús expulsa al diablo. Tú y yo no somos capaces ni lo suficientemente inteligentes para pelear esta batalla de otra manera. La política nunca resolverá los problemas del mundo. No digo que no sea importante. No digo que no debamos participar en ella. Todos tenemos nuestros deberes cívicos.

Lo que digo es que, aunque vivimos en el reino de este mundo, como cristianos no pertenecemos a él. Pertenecemos al reino de los cielos. Y, por lo tanto, como cristianos, entendemos que el diablo es nuestro mayor adversario, no la persona que está en desacuerdo contigo, y que la Palabra de Dios expulsa al diablo de entre nosotros. Lo expulsa de entre nuestros seres queridos, de nuestros hogares y comunidades. Entonces, ¿qué hacemos? Pues, como la congregación en la sinagoga aquel sábado, Escuchemos, creamos y luego compartamos esta Palabra con los demás. Versículo 28: "Como resultado, su fama se extendió rápidamente por toda la región de Galilea". Amén.