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Mateo 20:1-16

Sólo faltan cuatro semanas para celebrar la Reforma Luterana, y durante las próximas cuatro semanas vamos a destacar ciertas características de Dios. Cuando entendemos a Dios - la forma en que piensa, la forma en que siente, la forma en que ama – eso cambia completamente nuestra forma de pensar con respecto a cómo somos salvos.

Lutero se dio cuenta de esta verdad desde el principio de su ministerio. Se dio cuenta de que, aunque Dios es justo y castiga al malhechor, su forma preferida de tratar con el hombre es perdonarle sus pecados. No requiere que los humanos se ganen su perdón, sino que es amable al tratar con ellos—algunos incluso pueden decir que es inconcebiblemente amable. "Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él, no se pierda, sino que tenga vida eterna" (Juan 3:16).

La parábola que tenemos ante nosotros hoy destaca la gracia de Dios. La gracia es el amor inmerecido. Es el amor que ama a otra persona por su propio bien, no porque la persona sea adorable. Trata a la otra persona según la generosidad en vez del mérito o la justicia. Lo decimos tan a menudo: "¡Por gracia sola yo soy salvo!" Pero no siempre se registra. Pues el que somos salvados por gracia significa que no merecemos ser salvados. Significa que reconocemos que no somos dignos en lo más mínimo.

Lo cual es sumamente difícil de entender, porque todo el principio operativo de nuestro mundo pecaminoso no es la gracia, sino el mérito. Nuestro mundo funciona y prospera con el mérito. Los más atléticos pueden practicar deportes profesionales. Los más inteligentes reciben el estatus de "doctor". Los más confiables reciben miles de millones de dólares para administrar y crecer. En otras palabras, el trabajo duro es recompensado.

Sin embargo, lo que hace esta parábola tan chocante es que va completamente en contra de las costumbres del mundo. De hecho, es ilógica a la manera del mundo. Ninguna empresa saldrá adelante dando lo mismo a los menos merecedores que a los más merecedores.

Pero aquí está lo que Jesús está tratando de señalar: El reino de Dios no opera de acuerdo a los mismos principios que el mundo utiliza. Funciona y prospera según una realidad completamente diferente del mérito. De hecho, el único mérito que funciona en el reino de Dios es el mérito de Cristo. El mérito humano no sólo no nos lleva a ninguna parte, sino que también arruina todo lo que Dios ha puesto en su lugar.

Por ejemplo, si basas un matrimonio en el mérito, ese matrimonio no durará mucho tiempo. El matrimonio nunca prosperará usando los principios de este mundo. Fue instituido por Dios para este mundo, pero lo hizo como un reflejo del amor de Dios por nosotros, que no tiene nada que ver con el mérito; tiene todo que ver con la gracia. No mereces tener a la persona con la que estás casada. Esa persona no necesita ganarse tu amor. Tú eliges amarla, y entonces eliges perdonarla, una y otra vez. Es un amor que refleja el amor de Dios por los pecadores. Es un amor que sólo durará si se basa en la gracia.

Debido a que es tan difícil para nosotros entender cualquier cosa de la vida en términos que no sean el pago y el mérito, Jesús utiliza un ejemplo escandaloso. Lo hace para mostrarnos cómo funciona la vida en el reino de los cielos en contraposición al reino de este mundo. Lo hace para enseñar a sus discípulos, "Así es como Dios los trata. Y, por lo tanto, así es como deben tratarse unos a otros en el reino de los cielos."

El ejemplo se titula La parábola de los viñadores. Un hombre contrata a varios trabajadores a diferentes horas del día. La expectativa es que naturalmente pague más a aquellos que trabajaron más horas. ¿Por qué piensan así? Porque de nuevo, así es como funciona el mundo. El mundo no funciona según la gracia. El reino de Dios, sin embargo, lo hace.

Ahora, es importante tener en cuenta que somos parte de dos reinos. A menudo no entendemos esto. Vivimos en este mundo, y al mismo tiempo somos ciudadanos del reino de los cielos. Por lo tanto, los cristianos deben aprender a operar de acuerdo con dos reinos. Está bien buscar méritos en uno, pero no en el otro. En otras palabras, es completamente apropiado contratar a alguien basado en el mérito. Es completamente apropiado que el mejor equipo gane. Al mismo tiempo, también es totalmente correcto perdonar a alguien que no lo merece. Es totalmente correcto ser generoso con la abundancia del perdón con que Dios te ha perdonado.

O sea, Jesús vino a predicar el reino de los cielos. Él está diciendo, "Así es como es con Dios. No trata a la gente según sus méritos. No trata a la gente según la justicia. En su misericordia los trata según la gracia". Así, el viñador que trabajó menos en la parábola recibe lo mismo que los que trabajaron más. Podemos oír a los otros diciendo: "No es justo". Y no lo es. Como dijimos la semana pasada, "Tampoco es justo que Dios te muestre su bondad y amor".

Alguien dice: "Pero, eso no sucede en la vida real". No. No a menudo. Y eso es porque vivimos en un mundo caído. Antes de la caída en el pecado, el principio operativo era la gracia, es decir, el amor de Dios. Después de la caída en el pecado, el principio operativo es uno de pago y mérito. Se debe dar, producir o hacer algo para recibir algo. Debes mostrarte digno para que los demás te consideren digno.

Esa es la razón por la que Jesús usa una ilustración tan escandalosa para definir el carácter de la gracia de Dios. Porque la gracia es inconcebible para el corazón pecador. El corazón pecador no tiene el concepto de un tratamiento y un amor inmerecidos. Pero la esencia del corazón de Dios, es decir, su principal característica está 100% enraizada en el tratamiento y el amor inmerecidos.

Es por eso que el universo existe hoy en día. Es por eso que tú existes hoy. ¡Él te ama! Pero no te ama porque eres un espécimen más fino de la humanidad que tu vecino. Ni siquiera naciste, ni siquiera exististe, cuando Dios te dio el amor por primera vez. No existías cuando Dios envió a su hijo Jesús a morir por tus pecados. No existías cuando te construyó una mansión en el cielo. Y cuando llegaste a la existencia, Dios te lavó en las aguas del bautismo y ahora diaria y libremente perdona todos tus pecados, aunque peques contra él.

Algunas personas (y esto es lo más sorprendente para los humanos pecadores) pasan toda su vida mendigando y aprovechándose de los demás. Se preocupan muy poco por los demás. Su principal preocupación es por ellos mismos. No son generosos con los demás. Hacen pagar a todos los infractores. Y entonces en la última hora, Dios cambia su corazón, y se salvan. Se salvan con la misma salvación que los que fueron cristianos toda su vida.

O sea, ¿No puede Dios hacer lo que quiera con sus propios dones? "¿O te da envidia de que yo sea generoso?" dice el propietario a los trabajadores (v. 15). Bueno, francamente, sí, a menudo nos da envidia.

Así que, por un lado, la gente escucha esta parábola y dice que es indignante. Es inconcebible. "¡Eso no sucede en la vida!" Por otro lado, este tipo de tratamiento ocurre todos los días mientras Dios trata con la gente de esta tierra. Puede que no lo veamos ocurrir en aquellas cosas que pertenecen al reino de este mundo. Pero sí vemos que sucede en las cosas que pertenecen al reino de los cielos.

Y aquí está la aplicación: por la gracia de Dios, tú y yo somos parte del reino de los cielos. No todo el mundo lo es. La mayoría del mundo incrédulo está cegado al concepto de la gracia. El principio operativo de su vida es el mérito. Pero tú eres un cristiano, y por lo tanto, Cristo vive en ti. Y así, mientras que los cristianos son libres de tratar el empleo, las calificaciones, los trofeos y el salario sobre la base del mérito, nosotros tratamos a las personas - tratamos las relaciones - sobre la base de la gracia. Amamos porque Dios nos amó primero (1 Juan 4:19). Amamos porque Dios es amor y Dios vive en nosotros (1 Juan 4:8). Como dijo Jesús: "Que se amen los unos a los otros como yo los he amado" (Juan 15:12).

Montar a caballo entre estos dos reinos como cristiano no es fácil, así que sigan luchando. Que nosotros como congregación colectiva nos tratemos mutuamente y tratemos a los de fuera de nosotros según la gracia. Que pongamos la mejor construcción en las cosas. Que toleremos las peculiaridades y los rasgos molestos del otro. Que pensemos en términos de desarrollo de cada uno para que crezcamos como cristianos maduros y más capaces. Todos somos un trabajo en progreso.

Ahora bien, mi último comentario.

La historia que precede a esta parábola en Mateo es la historia del Joven Rico. Recordarán que este hombre tenía un gran concepto de sí mismo. Pensaba que porque tenía éxito, merecía o podría merecer ir al cielo. Toda su forma de pensar se basaba en el mérito. Recuerden su pregunta: "¿Qué es lo bueno que debo hacer para obtener la vida eterna?" (19:16).

Cuando Jesús le dijo qué hacer, el hombre se fue triste. No pudo hacerlo. El precio era demasiado alto. No podía renunciar a su riqueza. Jesús dice: "Les aseguro que es difícil para rico entrar en el reino de los cielos” (19:23).

Ahora bien, este es el punto. Pedro inmediatamente retoma esa declaración y le dice a Jesús: "No somos ricos". ¡No tenemos nada! Versículo 27 del capítulo 19: "¡Lo hemos dejado todo por seguirte! ¿Qué ganamos con eso?"

¿Ves cómo Pedro aún no lo ha entendido? "¿Qué habrá entonces para nosotros? ¡Lo hemos dejado todo para seguirte! ¿Qué nos darás entonces? Debemos merecer algo."

Y entonces Jesús se lanza a la parábola de los viñadores. Y su respuesta a Pedro es "No, no lo mereces. No mereces nada basado en lo mucho que has renunciado a seguirme. Porque el reino de los cielos no se basa en tu mérito, sino en el mérito de Cristo. Sólo él es digno. Y en su gracia, Dios Padre lo envió para ser el sustituto del mundo".

Ese es el significado de la declaración: "Los últimos serán primeros, y los primeros, últimos" (v. 16). Los "primeros" según el mundo son los ricos del mundo. Aquellos, se dice, lo merecen. Los "últimos" son los que viven de la asistencia social. Así es como piensa el mundo.

Pero Jesús es para todos. El propietario da el mismo pago a los que trabajaron todo el día, así como a los que trabajaron sólo una hora. Dice (v. 14) "Quiero darle al último obrero lo mismo que te di a ti". Esa es la frase clave de este texto: "Quiero darle..."

Lo que Dios quiere (su carácter, su naturaleza, su esencia) es ser generoso. Por eso somos salvados. Ahora, seamos generosos cuando se trata de compartir el perdón de Dios con otros. Amén.