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Marcos 7:1-8, 14-15, 21-23

¿Qué hace que una persona sea buena o mala? Recuerdo estar sentado al otro lado del grueso cristal de una ventana hablando por teléfono con un hombre que pronto iba a ser deportado. Conocía a este hombre bien. Era un marido, un padre y un cristiano. Pero tenía algunos problemas del pasado que seguían persiguiéndole, y ahora comprendía la amarga verdad de que el comportamiento tiene consecuencias. ¿Era una buena o una mala persona?

También recuerdo haber tenido una conversación con el alcalde de la ciudad en la que vivía. ¿Era una buena persona? Porque mucha gente del pueblo pensaba que era malo.

O pienso en algunos de mis mejores amigos mientras crecía que no creían en Jesús. ¿Eran buenas personas? No iban a misa, pero yo jugaba con ellos todos los días después de las clases y los fines de semana.

Vivimos en una sociedad que se está dividiendo rápidamente en dos grupos: los que son buenos y los que son malos. Pero si preguntas a cualquiera de los dos grupos, ambos señalarán al otro con el dedo y dirán que son los malos. Puede ser fácil para nosotros señalar con el dedo a grupos como los talibanes y decir: “Son malos”. ¿Pero qué pasa con el clero? ¿Cuántas personas de nuestro país señalarían con el dedo al clero y dirían: “Ellos también son malos”?

Si alguna vez hubo un grupo que intentó ser bueno fueron los fariseos de la época de Jesús. Los fariseos eran algo parecido a los judíos ortodoxos de hoy, que, a diferencia de la mayoría de sus hermanos judíos, se toman en serio las leyes de Moisés. Y por eso, los fariseos pensaban que eran buenos.

Ahora bien, una persona podría argumentar que es bueno guardar las leyes de Moisés. Ciertamente queremos guardar los Diez Mandamientos, ¿no es así? Y los fariseos también querían guardar las tradiciones de sus mayores. En los versículos 3 y 4 escuchamos sobre una de esas tradiciones, a saber, el lavado de las manos y otros utensilios antes de comer. ¿Qué hay de malo en ello?

Por otro lado, los fariseos despreciaban a Jesús y a sus discípulos porque comían con manos que no se habían lavado, al menos no ceremonialmente. Podríamos decir: “Una persona debe lavarse las manos antes de comer”. Pero no era la higiene lo que preocupaba a los fariseos. Era la ceremonia. Los discípulos no estaban comiendo con las manos “sucias”. Es que no cumplían con la tradición humana de limpiarse ceremonialmente las manos de los gentiles “sucios” y de otras personas de rango con las que pudieran estar en contacto durante el día.

Por lo tanto, los fariseos también tenían un criterio de buenos y malos. Y colocaban a Jesús y a sus discípulos en esta última categoría. Lo que trae a colación la vieja pregunta: ¿quién define lo que es “bueno”? ¿Lo hacen los republicanos de hoy en día? ¿O los demócratas? ¿Lo hacen los ciudadanos? ¿O el clero?
Jesús aclara esta cuestión aparentemente irresoluble de forma muy inteligente, y lo hace llevando a los fariseos de vuelta a las Escrituras y a Dios. Dice en los versículos 6-8: —Tenía razón Isaías cuando profetizó acerca de ustedes, hipócritas, según está escrito: »“Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. 7 En vano me adoran; sus enseñanzas no son más que reglas humanas”. 8 Ustedes han desechado los mandamientos divinos y se aferran a las tradiciones humanas».
Ahora, hay mucho que desempacar aquí.

Jesús remite a los fariseos al profeta Isaías, pero lo hace de forma negativa. Dice que los fariseos eran los hipócritas de hoy en día contra los que habló Dios en tiempos de Isaías. ¿En qué sentido? Bueno, por fuera hablaban bien, pero por dentro sus corazones estaban mal. Decían ser hombres temerosos de Dios, pero en su interior se preocupaban mucho más por lo que ellos mismos decían que por lo que Dios había dicho.

Por lo tanto, los fariseos no eran “buenos”. Eso es lo que dice Jesús. Además, los fariseos no tenían derecho a definir el término “bueno”. Sólo Dios tiene derecho a determinar lo que es bueno, y lo hace en su Palabra. Y lo que Jesús está diciendo al citar al profeta Isaías es que la palabrería no es suficiente. Más bien, lo que Dios mira es la motivación interna del corazón.

Ahora bien, ¿qué es exactamente el corazón? El corazón es la forma en que los judíos hablaban del ser interior. Es la sede de las emociones, los deseos y las convicciones. Todavía hoy hablamos así. Cuando hablamos de amor nos referimos al corazón. No hablamos del órgano; hablamos del “tú” interior. Esencialmente, hablamos del alma. Los incrédulos no están de acuerdo en que tengamos alma. Pero tu alma es lo que te hace único. Y tu alma es la parte humana de ti que se relaciona con Dios.

Los fariseos actuaban como si honraran la Palabra de Dios. Usaban ropa especial. Practicaban rituales especiales. Seguían el simbolismo y la tradición de sus mayores. Pero el signo revelador de que su amor por Dios era más externo que interno era el hecho de que cuando se trataba de algo que Dios decía y que no les gustaba, inventaban algo que sí les gustaba y lo sustituían en lugar de lo que Dios había dicho. Ese es el significado de los versículos 7 y 8: 7 En vano me adoran; sus enseñanzas no son más que reglas humanas”. 8 Ustedes han desechado los mandamientos divinos y se aferran a las tradiciones humanas».

Muchos “cristianos” son así hoy en día. Dicen: “No necesito casarme para vivir como si estuviera casado. Lo único que importa es que ame a la persona”. Eso no es lo que dice Dios. Dios dice que, si quieres disfrutar de los frutos del matrimonio, necesitas casarte primero.

O, la gente dice: “Yo adoro a Dios a mi manera”. Pero Dios dice en la Biblia: “Yo determino lo que constituye la verdadera adoración”. Puedes decir todo lo que quieras, ‘Soy un buen cristiano. Pongo a Dios en primer lugar. Sigo las reglas y soy una buena persona’. Pero [dice Dios] yo determino lo que es bueno. Yo soy el que da el significado al término”.

O sea, cuando el dirigente rico se refirió a Jesús como “Maestro bueno” (Lucas 18:18). Jesús le respondió: “¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino solo Dios.” Jesús es Dios. El hombre aún no se había dado cuenta de ello. Pero el punto aquí es que como Dios es el único que es bueno, él es el único que puede definir lo que significa “bueno”. De ahí la pregunta: “¿Qué hace que una persona sea buena o mala?”

Pues, aquí es donde Martín Lutero acertó. Se dio cuenta de que sólo Dios era verdaderamente bueno. Lutero había intentado ser bueno. Pero fue lo suficientemente honesto como para admitir que, por mucho que lo intentara, no podía llegar a ser lo suficientemente bueno a los ojos de Dios. Podía llegar a ser lo suficientemente bueno a los ojos de la sociedad, pero no a los ojos de Dios.

Entonces Dios abrió los ojos de Lutero a la enseñanza central de la Biblia: como sólo Dios es bueno, la bondad es algo que sólo Dios puede dar. En otras palabras, Dios otorga graciosamente su propia bondad a un individuo. Isaías 43:25: “Nos perdona nuestros pecados y no se acuerda más de ellos”. Y si Dios no se acuerda de nuestros pecados porque son perdonados a fondo, nos mira y dice: “Eres bueno”.

Ah, pero tú dices: “Pero yo no soy bueno”, y eso es cierto. Por ti mismo no eres bueno. Pero Jesús lo es. Y el punto de la cruz es que él toma tu mal y a cambio te da su bien. En Ezequiel Dios dice: Les daré un nuevo corazón, y les infundiré un espíritu nuevo … Infundiré mi Espíritu en ustedes, y haré que sigan mis preceptos y obedezcan mis leyes. (36:26-27).

Ahora bien, si alguien te da algo, ¿cómo lo recibes? Lo tomas. Eso es la fe. La fe es tomar lo que Dios ofrece en sus promesas y decir: “Ahora esto es mío. Mi corazón era de una manera, pero ahora es de otra. Está alineado con el camino de Jesús”. Y eso es lo que hace Jesús. Él cambia el corazón, porque es el corazón el que determina si una persona es buena o mala.

Jesús explica esto a sus discípulos en los versículos 20-23: —Lo que sale de la persona es lo que la contamina. 21 Porque de adentro, del corazón humano, salen los malos pensamientos, la inmoralidad sexual, los robos, los homicidios, los adulterios, 22 la avaricia, la maldad, el engaño, el libertinaje, la envidia, la calumnia, la arrogancia y la necedad. 23 Todos estos males vienen de adentro y contaminan a la persona.

Por lo tanto, Dios necesita cambiar el corazón. Como oímos en Ezequiel, Les daré un nuevo corazón, y les infundiré un espíritu nuevo … ¿De quién es el corazón que nos da? El corazón de Jesús.

¿Por qué algunas personas son capaces de perdonar incluso cuando la persona en cuestión no lo merece? Es el corazón de Jesús. ¿Por qué algunas personas están dispuestas a tender la mano a los “pecadores” de la sociedad incluso cuando esos “pecadores” han faltado al respeto a las tradiciones de nuestros mayores y a nuestra cultura? Es el amor de Jesús. ¿Por qué algunas personas, a pesar de ser culpables de malos pensamientos, de inmoralidades sexuales, de codicia, de envidia, de calumnias y cosas similares, se sienten condenadas en su conciencia y claman a Dios por misericordia? Es el corazón de Jesús.

La Oración del Día lo dice bien: es la misericordia inagotable de Dios la que nos cambia y nos preserva. Escuchen lo que esta oración dice: “Oh Señor, Jesucristo, preserva la congregación de los creyentes con tu misericordia inagotable. Ayúdanos a evitar todo lo que es perjudicial o perverso, y guíanos por el camino que nos lleva a la salvación”.

“Ayúdanos a evitar todo lo que es perjudicial o perverso”. Ayúdanos a evitar lo que sale de nuestro corazón, y que tu corazón perdonador, oh Dios, nos guíe en todo lo que hacemos.

O sea, cuando nos tratamos unos a otros de acuerdo con el modo en que Dios nos ha tratado, (por ejemplo, no nos trata como merecen nuestros pecados), entonces estamos obedeciendo su mandato principal, que es el amor. Y cuando amamos a alguien con el amor de Dios—no un amor egoísta (que proviene del corazón pecador), sino con un amor que no trata a los demás como merecen sus pecados—entonces la gente dirá que eres bueno. Entonces Dios te considera bueno porque es la bondad de Jesús la que se vive a través de ti. De nuevo, sólo él es bueno. Qué pena entonces sería rechazarlo como los fariseos. Porque entonces todo lo que tienes es a ti mismo …

Toda obediencia agradable a Dios debe comenzar en el corazón. Este es el sentido de este texto. Que Dios siga cambiando nuestros corazones con su misericordioso corazón, para que él y sus palabras lo sean todo para nosotros, y le obedezcamos verdaderamente de corazón. Amén.