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Marcos 6:1-6

Vamos a centrarnos en el versículo 4 de este texto porque es el corazón de la historia. Jesús cita este proverbio al pueblo de Nazaret: “En todas partes se honra a un profeta, menos en su tierra, entre sus familiares y en su propia casa.” En otras palabras, el lugar que mejor conoce al profeta acaba tratándolo peor. “Oh, ese es sólo fulano de tal”. Otros pueblos que no habían conocido a Jesús lo veían y decían: “¡Oh, ése es fulano!” Pero en Nazaret era sólo Jesús “el carpintero, hijo de María, y hermano de Jacobo, José, Judas y Simón” (v. 3). De ahí el proverbio: “En todas partes se honra a un profeta, menos en su tierra, entre sus familiares y en su propia casa.”

También pensé en un proverbio mientras preparaba este sermón. “No dejes que la familiaridad genere desprecio”. Pensemos en la compra de un coche nuevo. ¿Cuánto tiempo pasa hasta que el coche nuevo te resulta viejo y quieres otro? O, ¿qué tal un nuevo teléfono móvil para los que somos más jóvenes? ¿Puedes esperar dos años antes de sustituirlo? ¿O el aspecto, el tacto y la familiaridad del sistema operativo no tardan en generar desprecio por un dispositivo de 1.000 dólares?

Podríamos esperar que la familiaridad engendrara una mayor devoción, como en un matrimonio que dura 40 años y más. Pero con demasiada frecuencia nos cansamos de lo que consideramos viejo y tenemos un apetito insaciable por lo que es diferente, fresco, emocionante y desconocido. Por eso la aventura es tan atractiva. Para el residente de Nueva York, los campos de maíz de Nebraska son un mundo diferente. Para nosotros que vivimos en el Medio Oeste, no tanto.

¿Desde cuándo conoces las historias de la Biblia? ¿Siguen siendo emocionantes para ti? ¿O hace tiempo que se han vuelto aburridas?

Marcos relata esta visita de Jesús a Nazaret en el capítulo 6 de su Evangelio. Lucas la pone en el capítulo 4, y Mateo en el capítulo 13. Todos se refieren a la misma visita y a la misma sinagoga, es decir, al lugar donde Jesús creció de niño y adoraba los sábados. Es evidente que la gente conoce a Jesús y él a ellos. “Es el hijo del carpintero. Conocemos a su madre y a sus hermanos”.

Por lo tanto, la forma en que escuchaban a Jesús era diferente a la forma en que otras personas escuchaban a Jesús. De hecho, el versículo 6 dice que Jesús “se quedó asombrado por la incredulidad de ellos.” Asombrado. De todas las personas que deberían acoger y creer su enseñanza deberían ser sus parientes y amigos. Pero la familiaridad genera desprecio. Eso es lo que dice el proverbio, y un proverbio es un “dicho sabio”. El proverbio demuestra su veracidad en el rechazo de Nazaret a Jesús.
¿Qué fue lo que ofendió tanto al pueblo? Marcos no nos da el contenido del sermón de Jesús, pero el Evangelio de Lucas nos informa de que eran las palabras iniciales de Isaías 61. Leo de Lucas: y le entregaron el libro del profeta Isaías. Al desenrollarlo, encontró el lugar donde está escrito 18 «El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para anunciar buenas nuevas a los pobres. Me ha enviado a proclamar libertad a los cautivos y dar vista a los ciegos, a poner en libertad a los oprimidos 19 a pregonar el año del favor del Señor». (Lucas 4:17-19).

Hasta aquí todo bien. Pero luego Jesús dice: «Hoy se cumple esta Escritura en presencia de ustedes» (Lucas 4:21). En otras palabras, “lo que Isaías dijo que ocurriría, está ocurriendo ahora mismo en esta sinagoga. Yo soy el Mesías. Ahora es el momento del favor del Señor porque me ha enviado y estoy aquí. Y pueden estar seguros de ello porque predico buenas noticias a los pobres. He dado la vista a los ciegos. He curado a hombres y mujeres de la opresión demoníaca, y los he liberado del cautiverio de Satanás.”
Y esto es lo que la gente no podía aceptar. Dice Marcos: “… Cuando llegó el sábado, comenzó a enseñar en la sinagoga. —¿De dónde sacó este tales cosas? —decían maravillados muchos de los que le oían—. ¿Qué sabiduría es esta que se le ha dado? ¿Cómo se explican estos milagros que vienen de sus manos? Y entonces, ¿No es acaso el carpintero, el hijo de María y hermano de Jacobo, de José, de Judas y de Simón? ¿No están sus hermanas aquí con nosotros? Y se escandalizaban a causa de él. (vv. 2-3).
La familiaridad genera desprecio.

¿Y qué pasa contigo? ¿La misa es aburrida porque la has frecuentado muchas veces? ¿Los sermones son tediosos porque los escuchan semana tras semana? ¿Por qué es que muchos de los que comienzan ardiendo por el Evangelio pasan por un período de enfriamiento en algún momento posterior? Es porque el diablo utiliza la familiaridad con la Palabra de Dios como una trampa. Eso es lo que significa la palabra “ofensa” en el griego. Literalmente, lo que el final del versículo 3 dice es que la gente del pueblo de Nazaret estaba “en camino de ser atrapada y prendida” en relación con lo que Jesús estaba diciendo. ¿Por qué?

Porque no combinaron su escucha con la fe. Escucharon las palabras de Jesús y luego concluyeron: “Esto no puede ser verdad. No puede ser el Mesías. Lo conocemos mejor que eso. ¿Quién se cree que es para decir que es el Mesías?” “Y se escandalizaban a causa de él.” Se enfadaron con él por tener la audacia de sugerir tal cosa.

Este jueves pasado estuve hablando con una mujer en un funeral. Le dije: “si alguna vez necesita un pastor, hágamelo saber”. A lo que la mujer respondió. “Oh, no. Ya me he ocupado de ello. Tengo a mi abuela en el cielo con la que hablo, y ahora tengo [la persona que murió] en el cielo con la que hablo”. Aparentemente en su mente Jesús es sólo el carpintero. Entonces, ¿por qué hablar con él?

Esto es lo que estoy diciendo. Cuando se habla la Palabra de Dios, es muy importante que la escuchemos con una actitud de humildad y fe, nos guste o no lo que se dice. Dios está hablando. Y Jesús es Dios. Así que, olvídate del mensajero por un momento. La gente dice: “No me gusta el mensajero, así que no escucharé lo que dice. No me gusta ese pastor, así que no lo voy a escuchar”. ¿A quién le importa el pastor? Es la Palabra de Dios la que habla.

En el caso de Jesús, el mensajero y el mensaje eran uno y el mismo. Jesús es la Palabra encarnada. Eso no es cierto del pastor local. Tampoco es cierto del padre o la madre que habla de la Palabra de Dios a su hijo. Tampoco es cierto del amigo que comparte la Palabra de Dios con otro amigo. Tampoco es cierto del feligrés que se acerca a otro feligrés y le dice: “¿Podemos hablar? ¿Podemos hablar de lo que dice Dios?”.

El transmisor humano de la Palabra de Dios es defectuoso. Pero la Palabra de Dios no tiene ningún defecto. Así que, cuando escuchamos la Palabra de Dios -ya sea de un niño, de un predicador en la radio, de un extraño o de un anciano en la congregación-, escuchamos. Y escuchamos con un espíritu humilde. Dios está hablando. Y escuchamos con un corazón de fe.

No estoy hablando de escuchar a los falsos profetas. Las ovejas de Jesús conocen su voz y le siguen. Como creyentes, tú y yo conocemos la voz de Jesús. Sabemos lo que dice Dios. Y porque lo sabemos, hacemos bien en sentarnos y prestar atención, porque ¿quién soy yo para que Dios me hable?

¿No es así? Esa es la parte asombrosa de este texto, así como el estímulo. El versículo 6 dice que Jesús “se quedó asombrado por la incredulidad de ellos.” Pues, ¡claro! ¿Qué tan privilegiado tienes que ser para que Dios mismo venga a ti y te hable en persona? Eso es lo que ocurrió en Nazaret. Dios estaba presente entre ellos. ¡Y la gente lo rechazó! Increíble.

O piensa en los propios hermanos de Jesús. ¿Qué tan privilegiado tiene que ser uno para poder crecer con el Hijo de Dios y conocerlo tan bien que puede acercarse a él en cualquier momento? Sin embargo, ¡no creyeron en él! Al menos no hasta después de la resurrección.

Y cuán afortunados tenemos que ser tú y yo para crecer en un hogar creyente, ser bautizados en la familia de Dios, aprender las historias de la Biblia en la escuela dominical y en el culto—o sea, rechazar luego a Jesús como adolescente o como adulto sería asombroso.

Pero lo que es aún más asombroso es que Jesús continúe predicando y compartiendo sus enseñanzas a personas cuyos ojos se vuelven pesados y cuyos oídos se tapan debido a la familiaridad. Mientras el mundo exista, Jesús sigue predicando a este mundo. Mientras el mundo exista, sigue predicando a ti y a mí. Y, de hecho, ¡viene a ti y a mí!
Tal como Jesús vino a los de Nazaret. ¡Qué honor! Pues, hoy en día viene a ti y a mí cada semana en esta casa de culto y oración. Viene a nosotros en su Palabra. Viene a nosotros en la Santa Cena. Y a pesar de las ofensas que a menudo recibimos por su Palabra, sigue predicando y enseñando. Versículo 6: Y él se quedó asombrado por la incredulidad de ellos. Jesús recorría los alrededores, enseñando de pueblo en pueblo.
¡Qué estímulo para nosotros! Continúa hablando, incluso cuando es recibido con bostezos y movimientos nerviosos. ¿Por qué? Porque sabe que algunos escucharán. Escucharán con fe. Y sabe que algunos que antes no se preocupaban por escuchar, un día cambiarán de opinión y creerán, como sus propios hermanos y hermanas. Y sabe que, puesto que su muerte en la cruz fue por todos los hombres, todos los hombres necesitan oírlo, tanto si escuchan como si no, porque es verdad.

Por eso, Jesús no se desespera por predicar. Y nosotros tampoco. Jesús ha perdonado a todas las personas, y todas las personas necesitan saberlo, para que un día, en lugar de ofenderse, escuchen realmente lo que Jesús dice y lo abracen como su Mesías y el Salvador. Amén.